LA FOBIA SOCIAL

 

La Fobia Social es un tipo específico de fobia, muy común. Se caracteriza por un miedo acusado y duradero a una o más situaciones sociales en las que la persona se expone a ser observada por los demás y teme hacer algo o comportarse de manera que pueda resultarle humillante o embarazoso. Además es necesario que cada vez que se enfrente con una de esas situaciones tenga una fuerte respuesta de ansiedad, que la persona reconozca que ese temor es excesivo o irracional, que intente evitar  lo que teme y que tanto la ansiedad, la evitación como el enfrentamiento a esas situaciones interfiera en el funcionamiento diario de la persona, en sus estudios o trabajo.

 

En las personas menores de 18 años se considerará fobia social cuando todo esto dure por lo menos seis meses. Además todos estos síntomas no deben ser debidos a una enfermedad médica o psicológica, ni al consumo de drogas.

 

La fobia social puede darse ante estímulos muy específicos (como comer, beber o reírse en público) o de forma generalizada ante diferentes situaciones sociales (estar con amigos o desconocidos, tener una cita...). 

 

Los síntomas fisiológicos más característicos suelen ser sudoración, temblor de manos o de piernas o de voz, rubor facial... (es decir, síntomas que pueden observar las demás personas fácilmente), así como cualquier otro que pueda darse normalmente ante cualquier trastorno de ansiedad (taquicardia, dolor de estómago, sensación de falta de aire, etc.).

 

Los síntomas cognitivos (es decir, lo que la persona suele pensar) son el miedo a la evaluación negativa, a que se les critique y a que se les desapruebe, es decir, hay un temor a que se dañe su propia autoestima, no su integridad física. 

 

Los síntomas conductuales (es decir, lo que la persona suele hacer) son generalmente el intento de escapar o evitar las situaciones. Sin embargo esa evitación puede no ser una huida sino algo más sutil como rehuir la mirada, quedarse en silencio, no participar, incluso tics nerviosos, muecas, rigidez, etc.

 

Por todo esto, la persona tiende a obsesionarse pensando que todo el mundo está pendiente de él/ella, sólo se acuerdan de lo que les sale mal, creen que tienen un funcionamiento social peor que el que realmente existe y anticipan constantemente consecuencias negativas sobre su actuación y sus consecuencias.

 

Parece que la fobia social afecta a un 3% de al población general, teniendo igual incidencia en hombre que en mujeres. Además suele empezar entre los 15 y los 20 años. En la infancia generalmente hay timidez, y aislamiento en la adolescencia, aunque a veces puede empezar tras una experiencia traumática.

 

Está también muy asociada a la depresión,  intentos de suicidio, consumo de drogas y alcohol, trastornos obsesivo-compulsivos, agorafobia, etc.Las personas que sufren fobia social tienen una atención tan centrada en sus propias reacciones que se evalúan constantemente y no pueden prestar atención a lo que ocurre en la misma situación social en la que no quieren destacar. Debido a ello a veces no saben muy bien qué es lo que deben hacer en un momento determinado, y ese mismo desconcierto les hace autoevaluarse negativamente, por lo que vuelve a incrementárseles la ansiedad y se cierra el círculo vicioso. Así pues, puede ir empeorando poco a poco y no disminuir la ansiedad con el enfrentamiento al objeto temido (las situaciones sociales) al contrario que ocurre en otras fobias. 

 

El tratamiento se basa en la explicación de su problema, de cómo se inicia y se mantiene, y cómo va empeorando en cada episodio social al que se enfrenta desadaptativamente. Se le ofrecen entonces técnicas cognitivas que le ayuden a “descentrar” su atención, es decir, a que puedan enfrentarse a situaciones sociales sin estar constantemente pensando en ellos mismos y en sus reacciones. Por último se les entrena en habilidades sociales, es decir, se les entrena para que cuando se enfrenten a determinadas situaciones sean capaces de comportarse más adaptativamente, además estas habilidades les ofrecen no sólo un patrón de comportamiento sino una seguridad en sí mismos que no han tenido en mucho tiempo, lo que les eleva la autoestima y les hace sentirse mejor. Cuando su estado de ánimo mejora tienen más ganas de enfrentarse a nuevas situaciones y esto a su vez les hace entrenar lo aprendido con su terapeuta. Así se cierra pues otro círculo vicioso pero esta vez positivo que les hace ir encontrándose mejor cada vez hasta la completa recuperación.


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Mª Isabel García Medina

Psicóloga Col. Nº: M-11045

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